El abogado que hace arte

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GONZALO SÁNCHEZ SERRANO:  EL ABOGADO QUE HACE ARTE

De noche, cuando reina la oscuridad, este experto en propiedad intelectual, académico de la Universidad Adolfo Ibáñez, miembro de varias entidades culturales y socio de la recién inaugurada galería de arte ojo rojo, se encierra a jugar con la luz. Ahí surgen sus imponentes cajas lumínicas que revelan temas metafísicos y de denuncia social, y que ahora está exhibiendo en París y desde el próximo sábado, en Zapallar.

Texto. Beatriz Montero Ward.

Fotografías. Sergio Alfonso López.

Versátil es el adjetivo que mejor le sienta a Gonzalo Sánchez. Para empezar, es abogado de la U. de Chile y tiene un diplomado en comunicaciones y márketing de la Berkeley University of California. Trabaja en el estudio jurídico Silva y Cía. como experto en propiedad intelectual y hace clases en la UAI, donde dos veces ha sido elegido por los alumnos como el mejor profesor. Además, preside la fundación Hacer Chile, que él mismo creó hace seis años y que busca conectar recursos con buenas ideas en las áreas artística, social y patrimonial; es director del Centro Cultural Palacio de La Moneda y de la Asociación de Propietarios de Casas Históricas y Parques de Chile; y dirige la galería Ojo Rojo, un espacio dedicado al arte contemporáneo, con una mirada educativa, que él junto con su socio Manuel Basoalto abrieron en diciembre en el edificio Transoceánica. A este listado se suma que por cuatro años condujo Personas con Cuento en radio U. de Chile, y por una temporada, Teatro Abierto en canal 13 Cable, un programa dedicado a la ópera.

Este currículo, que sorprende por lo extenso y variado, está incompleto. Falta una de sus actividades más importantes y en la cual ha comenzado a cosechar éxitos: la veta artística. «Trabajo protegiendo la creatividad, ciento por ciento. Feliz y orgulloso de lo que hago», comenta, pero terminada la jornada, una vez que llega a su casa, comienza a dar realidad a las ideas creativas que le han girado en la cabeza todo el día. «Siempre digo que soy abogado ocho horas y 24, artista», agrega sentado en el living de su departamento, uno al que se acaba de mudar y que todavía no termina de arreglar y convertir en un gran espacio para exhibir sus obras, unas cajas de luz que hablan de temas metafísicos, como lo infinito y el misterio de la vida, pero que también alertan sobre los problemas sociales de hoy. «Visualmente me estoy nutriendo todo el tiempo, porque mis ojos comen imágenes. Y la mente, que es como un computador, va digiriendo esa información. Entonces, cuando me siento a producir, juego con lo digital y lo material hasta que de repente se hace un click y surge lo que busco», explica.

Esta faceta artística, que se volvió pública recién en 2008 cuando bajo el seudónimo Pikti y motivado por Alejandra Chellew decidió mostrar en la galería La Sala una serie de volantines pintados, encerrados en cajas de acrílico y retroiluminados, viene desarrollándola desde la niñez. En el colegio Tabancura, donde se educó, tuvo «la suerte», como dice, de tener clases de artes plásticas con Virginia Huneeus Cox, quien lo motivó a experimentar en la línea del arte y la tecnología. «En esa época trabajé de manera primitiva con diapositivas y videos, y probé mucho con colores, proyecciones de luz…», cuenta. Esta inquietud se reforzó aún más durante un viaje a Europa que hizo con sus hermanos María José y Juan Enrique, y en el que estuvieron de visita en París en la casa de unos tíos coleccionistas, amigos personales de Roberto Matta, Enrique Zañartu y Jean Hélion. «Durante esa estadía tuvimos el privilegio de compartir con estos artistas, y de visitar museos de la mano de estos familiares que eran grandes conocedores», comenta. Más tarde, mientras estudiaba Derecho, asistió como oyente a un curso sobre artes visuales del siglo XX que dictaba Gaspar Galaz en la UC: «Ahí me ilustré conceptualmente desde el impresionismo hasta las vanguardias», dice. Su formación siguió en los talleres de Eugenio Dittborn, Arturo Duclos y Carlos Montes de Oca, y continuó en una búsqueda personal hasta llegar a una forma de expresión propia, en la que la luz es la gran protagonista.

En su taller, que es más parecido al de un eléctrico que al de un artista, repleto de transformadores, chips, leds, ampolletas y cables, se sumerge en las noches para experimentar y crear. «El proceso es fantástico, mucho más entretenido e interesante que la obra final. Lo gozo porque la parte investigativa me interesa mucho», advierte.

¿Qué temas te interesa tratar a través de la luz?

-Soy súper humanista, y aunque no sea tan evidente, todas mis obras terminan en preguntas metafísicas. Los túneles de luz, por ejemplo, finalizan en algo oscuro, misterioso. Los círculos lumínicos, que se ven bonitos y atractivos, no se resuelven, se pierden en el infinito. Soy bastante enrollado con el tema de la existencia. Por último, la serie que he titulado «Infinito» calza perfecto con la teoría científica de los universos paralelos. Pero también me interesa denunciar. Creo que los artistas debemos ser un espejo y un martillo, en cuanto a reflejar lo que está pasando y a llamar la atención sobre eso. En esa línea desarrollé «Tráfico de Influencias», conformada por nueve fanales, cada uno con una escena hecha con chucherías.

Aparte de la luz, ¿cuál es la materialidad de tus obras?

-Mi idea siempre ha sido desmarcarme totalmente de la tradición de Dan Flavin (artista conceptual del siglo XX), de James Turrell (artista norteamericano) o de Iván Navarro (artista visual chileno). A Navarro, por ejemplo, le pertenece el neón y por eso nunca lo voy a trabajar, porque siento que es parte de su impronta artística. En mis obras uso papeles vegetales, polvo de la cordillera, lapislázuli y rocas molidas. Trabajo combinando materiales reales con efectos de luces, tratando de resolver bien el tránsito entre lo figurativo y lo abstracto.

Cuenta que después de ese proceso viene el trabajo de la luz. «Investigué la tecnología de vanguardia en esta materia, siempre ha sido un tema que me ha motivado, desde saber cómo funcionan los fuegos artificiales hasta cómo se ilumina la torre Entel», cuenta. Y la técnica que aplica en sus cajas la descubrió después de horas de ensayo y error, experimentando.

¿Cómo se desarrolla este interés tan grande por la cultura y el patrimonio?

-La verdad es que no me interesaba el patrimonio en sí mismo; el adobe no tenía nada que ver conmigo. Sin embargo, el tema me hizo click cuando entendí que salvar patrimonio era trabajar con la identidad del ser chileno. Y eso fue gracias a Cecilia García Huidobro, quien me explicó y enseñó la importancia de las raíces, y me invitó a participar en el grupo Lo Nuestro, con el que desarrollamos proyectos tan interesantes como la restauración del Museo La Merced.

¿Por qué decides abrir una galería y a qué se debe su nombre?

-Siempre he pensado en lo importante que es que la gente vaya a los museos, porque más que una experiencia estética es una conceptual y antropológica. En este contexto surge el espacio Ojo Rojo, que es un lugar donde el arte se trata en un marco educativo. Porque para apreciarlo hay que entenderlo, conocer su contexto histórico. Por eso trabajaremos con visitas guiadas gratuitas.

-Ahora, el nombre de Ojo Rojo tiene dos razones: una porque Matta es mi artista favorito y él decía que el corazón es un ojo, y segundo porque hay una frase que dice que hay que mirar con los ojos del corazón. Uniendo ambas ideas y pensando en que todo lo que viene del corazón es rojo, aparece el nombre.

Durante diciembre y enero su obra «Tráfico de influencias» se expuso en el MAC de Quinta Normal. Hasta el 19 de febrero cuatro de sus tótems con lunas se exhiben en París, en la Galería Mamia Bretesché, en el barrio de Haut Marais. Y desde el 13 estará participando en una colectiva en el Hotel Isla Seca en Zapallar, junto a Ignacio Valdés y Sebastián Yrarrázabal. «Tres lenguajes distintos -escultura, pintura de gran formato y mis instalaciones lumínicas- para abordar el tema del ser humano y lo infinito», dice.

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